Por José Antonio Fernández
Ciro Gómez Leyva y Carlos Marín se convirtieron, hoy por hoy, en los dos periodistas que más polémica causan en el mundo de la política mexicana.
Como si se hubieran puesto de acuerdo (lo que es absolutamente improbable, quizá más bien se han contagiado uno a otro), aprovechan sus espacios (en Milenio Televisión, en el periódico Milenio, en Radio Fórmula y también en el programa Tercer Grado de Televisa) para tundir con argumentos que pretenden sean irrechazables, a todos y cada uno de quienes enarbolan las banderas de oposición a ultranza del color que sean (hasta hace muy poco tiempo los opositores siempre tenían algo de razón, por el sólo hecho de ser opositores).
Ciro y Marín ocasionan hasta líos intelectuales y provocan insultos. Diría el narrador deportivo: “no creen en nadie, juegan su propio partido”.
Los dos periodistas cobraron fama en el momento que empezaron a cuestionar una y otra vez a Andrés Manuel López Obrador. Luego subieron su fama cuando defendieron y desmintieron el supuesto alcoholismo de Felipe Calderón, a quien también reprenden de vez en vez.
Marín y Gómez Leyva dan órdenes a políticos desde sus espacios: los regañan, regañan también a sus seguidores, descalifican incluso a colegas y defienden/critican a Ejército y Policía Federal.
Además, hacen pronósticos políticos basados en sus propia encuestas -que también defienden con todo-, guían a los grandes candidatos para que modifiquen sus campañas, hacen mofa de expresidentes y tienen el poder hasta para levantar plantones callejeros.
Desplazaron ya a los intelectuales más influyentes. Lanzan opiniones que se convierten en bombas de tiempo (se desactivan cuando les hacen caso).
Traen afilada la puntería (la que pierden cuando hacen amistad con políticos... que en realidad son choferes que llevan a Waterloo)
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